miércoles, 29 de marzo de 2017
miércoles, 11 de abril de 2012
Escribir por escribir
Escribir por escribir. Agarrar la hoja en blanco y listo! Sin pretensiones, sin querer cambiar el mundo, así uno piense que Lennon lo hizo con otra hoja en blanco parecida a la que ahora rayo yo.
Envidio a esos que sacan ideas –o su misma vida- y la ponen en el papel, así, tan fácil. No crean que no lo he intentado. Muchas veces. Pero nada, ahí me quedo, escarbando en recuerdos, en sensaciones, en pensamientos, en ganas. Y la hoja ahí, blanca.
Me dan celos de los que tienen mejores tweets que yo, me sorprenden los inteligentes, los avispados, los creativos, los que en 140 caracteres dicen más que cualquier otro.
Yo prefiero hablar, porque aprendí que al hablar las pausas se entienden. En la hoja no. Nadie me va a creer que en este momento, justo en este momento, levanté las manos del teclado y llevé la mirada a la ventana a ver si de pronto allá, en la lluvia que cae, encuentro las palabras para dar con la idea exacta. Qué va! Si hasta la sola idea de la lluvia ya es cursi, pero qué hago si afuera llueve.
Hablar por hablar, escribir por escribir. Dejar fluir, salir del círculo, dar tu opinión, que los demás te escuchen, te paren bolas, te pongan atención, comprendan lo que tú mismo has intentado comprender desde que esa idea te llegó a la cabeza. Y le has dado y le has dado vueltas y vueltas. Ahora es cuando. Que te oigan, dilo!
Yo rompo el círculo no siempre que quiero, pero a veces me sorprendo cuando me veo haciéndolo, o cuando lo hice porque al momento de hacerlo, quizás, estaba tan ensimismado que no era capaz de manejar mis propias manos, mis propios pensamientos y zas! Acá estoy, de un momento a otro fuera, mirando de reojo, haciéndome el desentendido. Me río, de mí? A lo mejor, eso también lo he aprendido en el camino, con la hoja vacía, con la mente en blanco, con el corazón arrugado y la risa puesta, firme, al frente, porque nunca se sabe quién cruzará el camino y siempre será mejor recibirlo con una risa, para contagiarlo, para que haga lo mismo, para crear una cadena, no un círculo. Que no se cierre, que la vida fluya, que tu luz ilumine, que el camino se haga más llevadero. Para que cuando nos encontremos nuevamente en él, quién sabe en cuál cruce, nos riamos juntos y entenderemos que Lennon solo pedía amor.
lunes, 8 de agosto de 2011
Mangos maduros
Dígale a Camilo que se baje de esa nube.
Por lo general las nubes en las que viajaba Camilo no eran blancas, como todos las conocimos, si no verdes y rosadas cuando llovía y un par naranjadas cuando su mamá estaba de mal genio, que era, casi siempre, los martes que terminaban en números primos. Y ese día era en el que Camilo me caía bien porque cuando estaba de mal genio pareciera que el mundo se fuera a acabar y el cielo se ponía, primero ocre y después morado, como a eso de las 3 de la tarde.
A mi no me daba miedo de Camilo, porque yo lo conocía y me había dicho que le caía bien yo a él. Me lo dijo un día por la tarde, como a las 4. Yo le pregunté: “oiga, Camilo, yo a usted cómo le caigo?” y el me dijo “Antonio, usted me cae bien. Para qué quiere saberlo?” y yo no supe qué decirle. Solo quería saber que le caía bien. No sé por qué, pero eso me daba cierta tranquilidad…y el cielo se puso verde.
Un día me invitó a viajar con él. No sé qué le dieron ese día de desayuno, pero estaba raro. Él me dijo que desayunó normal, pan con yogur de mora –que era el que más le gustaba- y me preguntó por qué le preguntaba por lo que había desayunado. No supe qué decirle, entonces le dije que ese día yo no había desayunado porque no me había dado hambre, pero cuando nos fuimos a viajar sí me dio y le dije que tenía hambre y él me dijo que si quería que parara para que comiéramos algo, pero yo no quería parar, me gustaba el viaje y como el cielo estaba como rojo, le dije que fresco, que yo veía qué comía por ahí, que no se preocupara. Entonces aproveché y estiré la mano cuando pasamos por un palo de mangos y cogí uno rojo como los labios de Constanza y me lo comí. Yo le ofrecí a Camilo un pedazo, pero él me dijo que no le gustaba Constanza, que me comiera el mango solo. A mi sí me gustaba mucho Constanza, entonces me comí el mango solo y no le dí. Yo le pregunté que por qué no le gustaba Constanza y me dijo que era porque tenía los ojos muy negros y que le daba susto eso porque no podía mirar bien adentro porque eran muy negros y no se podía. A él le gustaban más los ojos claros, porque podía ver adentro. A mi me gustaban los ojos de Constanza y los labios rojos, por eso me comí el mango pensando en ella. Pero también me gustaba su nombre: Constanza. Cons-tan-za. Me hacía cosquillas en la lengua cuando decía la primera sílaba: Cons. Y me daba risa porque en el paladar se me hacía un hormigueo muy bueno que solo se calmaba cuando comía mango.
----------------------------------------------------------
Cuando se fue poniendo de noche el cielo y se veía la luna yo no sé por qué, pero empecé a cantar puro beatles, “Jir-coms-de-son-turururu-jir-coms-de-son-enaisei-is-olrai”. Yo cantaba y quería cantar como George Harrison, el beatle favorito de mi papá, aunque dijera que le gustaba más Ringo porque tenía nombre chistoso. Yo nunca le he visto nada de chistoso a llamarse Ringo. Me gustaría llamarme Isaías, pero mi mamá me puso Antonio porque un tío de ella se llamaba así y se murió cuando yo iba a nacer. Dicen que mi tío se murió porque lo mordió un perro rabioso y le dio fiebre amarilla. Por eso me llamo Antonio y siempre que Camilo me invita a viajar con él le pido que me lleve hasta las nubes que se ven a lo lejos, porque allá el cielo, cuando no está bravo Camilo, se pone de color amarillo los martes de números primos y ya he visto dos veces a mi tío Antonio, o al menos eso creo yo, porque no lo conocí. Pero estoy seguro que es mi tío Antonio porque él me lo dijo. Me dijo “Yo soy tu tío”, pero no me dijo el nombre. Solo me dijo que es mi tío. Y yo sí creo que es él porque cuando veo esas nubes amarillas, por allá a lo lejos, cuando el cielo se pone amarillo los martes de números primos, la respiración se me corta a ratos y yo creo que es de pura emoción. Entonces me tomo un jugo de maracuyá y me calmo.
-----------------------------------------------------------------
Hoy vi a Constanza por la mañana. Yo iba caminando por la calle como quien no quiere la cosa. Estaba muy triste y yo le pregunté que por qué estaba así, pero ella no me quiso decir nada. Y a mi me dio dio susto porque me quedé mirándola y tenía los labios muy pálidos, como rosados con mucho azul. Y tenía los ojos claros y me quedé mirándola a ver si veía algo, pero entonces ella se daba cuenta y los cerraba. Los cerraba duro, muy duro, como cuando uno quiere pedir un deseo con muchas ganas como para que se le cumpla y por más que quería no podía ver nada. Entonces ella no se aguantó y me dijo: “Dígale a Camilo que se baje de esa nube”. Pero cuando miré al cielo estaba completamente azul, así como todos lo conocemos y me dio pereza. Además no había una sola nube, ni una sola. Yo las busqué y no las vi, ni una sola. Entonces supe que Camilo se había ido a vivir con mi tío Antonio y desde ese día, todos los martes de números primos, invito a Constanza a que me acompañe a saludar a mi tío y a Camilo.
Y siempre llevamos mangos.
miércoles, 18 de julio de 2007
Listo el maiespeis

martes, 19 de junio de 2007
La vaina es la siguiente...
...Como pueden ver en el diploma, dice "Comunicador Social-Periodista", no "Ingeniero de Sistemas", o sea que la tecnología y yo, pocón, pocón.
Por eso pido perdón a quienes han dejado sus mensajes (a propósito de esto, es muy triste entrar y ver que nadie me deja ningún mensajito, así que por favor, diga cualesquier vaina que se le agradece)...volviendo a lo de los mensajes, perdón si no respondo, pero es que, sencillamente, no sé cómo se hace.
como me han hablado maravillas del maiespeis de veritas, de veritas...he decidio ponerme en la ardua tarea de retomar ese espacio, así que espero, muy pronto, abrir nuevamente un sitio (para nada llamativo a la vista) al que se accede tecleando en su barra de direcciones http://www.myspace.com/amejiarpo en el que espero recibirlos apenas la tecnología me dé un "chico".
Dispensen las malas educaciones, pero mi ñoñez no conoce fronteras....es más, si alguien se ofrece a darme un curso de myspace, estaría agradecido por ello.
Se les quiere
miércoles, 25 de abril de 2007
miércoles, 28 de marzo de 2007
EL DÍA DE MI GRADO

No recuerdo con claridad si era lunes, martes, miércoles, jueves, viernes o sábado, lo que sí estoy seguro es que no era un domingo, el grado de la universidad.
Desde que era peque, siempre le he huido a los eventos familiares muy largos y a las celebraciones. Creo que todos estos agasajos deberían ser cortos, evitando el jaraneo a más no poder.
Yo nunca fui el mejor estudiante del colegio y por eso me gradué por ventanilla, una experiencia tan aburridora como el colegio mismo.
La ceremonia fue una completa farsa. Una improvisación absoluta que pretendía tener el carácter de seriedad obligada cuando, un par de meses atrás, nos habían dicho, a los siete u ocho compañeros que nos graduamos de esta forma, que no podíamos estar en la ceremonia oficial con el resto de los alumnos de once. Cómo querían las “serias” “directivas” del “colegio” que nos sintiéramos cómodos cuando, en la puerta de entrada a la capilla donde se realizaba la ceremonia, alguien, no recuerdo quién, partía en suficientes pedazos una torta negra y abría dos cajas de vino, de esas que toman los quinciañeros los viernes en las noches, en la misma mesa en la que se veían empacados los “regalos de grado” (unos libros de Og Mandino que creo nadie ha leído al día de hoy).
La ceremonia fue aburrida, solo me acuerdo de eso.
Mi rutina en esa época, enero de mil novecientos noventa y ocho, era la siguiente: en la mañana salía para el colegio a habilitar cálculo y química y en la tarde iba a clases en la universidad. Fue así por una semana.
A la siguiente semana iba al colegio en la mañana a reclamar el resultado de los exámenes de la habilitación y en la tarde iba a clases en la universidad. Fue así un día.
Luego, en esta misma semana en la que fui a reclamar los resultados del los exámenes de la habilitación, vino el día de dicha ceremonia en la que nos dieron, junto a un diploma, un pedazo de torta negra, un vaso de plástico lleno hasta la mitad de vino de caja y, como premio adicional, un libro de Og Mandino que no creo que alguien haya leído al día de hoy. Ese día no pude ir a clases en la universidad en la tarde porque la ceremonia se cruzaba con éstas.
Por la noche, con la pereza al máximo, juntada con la decepción de recibir el grado de esta forma, decidí evitar cualquier intento de agasajo que pretendieran realizar mis padres.
Fue ahí cuando dije que no quería recibir mi grado universitario de esta manera y que, cinco años después, cuando terminara la carrera, sí haría una fiesta bien chévere, empezando por la ceremonia en la universidad, con toga, birrete alquilados y esa cinta que le ponen a uno en el cuello para darle caché.
Me decidí entonces a ajuiciarme un poco, a no ser tan vago como lo fui en el colegio. Ya no quería habilitar más materias, ya no quería saber lo que era pasar de semestre o de año y ver que mis compañeros seguían de chorro mientras yo me quedaba atrás.
Me comprometí conmigo y cumplí. Cinco años después, en dos mil dos, terminé mi carrera y ya por fin podía aspirar a graduarme como siempre había querido. Solo me faltaba terminar la tesis, la cual, entre dimes y diretes, se embolató un par de años hasta ser canjeada sabiamente por una Diplomatura en Producción de Televisión y, ahora sí, podía graduarme, por fin, en dos mil cuatro.
Llegó el día de la graduación.
Luego de los ensayos, los preparativos y del alquiler del vestido (que aunque no se veía por estar tapado por la toga era obligatorio) estaba yo, junto a unos pocos compañeros de mi generación en una iglesia esperando a que fuera mencionado mi nombre para subir al estrado, dar unos cuantos apretones de manos y recibir, al fin, mi diploma de profesional.
La alegría no resultó ser tan grande. Pensé que iba a cambiar el mundo apenas tuviera en mis manos el dichoso diploma. Pensé que saldrían chispitas revoloteando en el aire, pero no. Así que las ganas de fiesta, jolgorio y jaraneo se disminuyeron muchísimo, decidí, así no mas, que no quería hacer ninguna parranda ni agasajo.
Por más que mis papás trataron de convencerme seguí firme en mi decisión, hasta que ellos, viéndose ya derrotados en su lucha por cambiar mi pensamiento, propusieron una comida familiar, solo los hermanos, mis padres, mi cuñado y yo. Me pareció una buena idea y accedí.
Llegó entonces el momento de decidir a dónde ir a comer y fue cuando mi mamá dijo que mi hermana alguna vez le había recomendado un restaurante donde vendían unas deliciosas pastas, que tenía varias sedes, una en San Lucas, otra en el centro comercial Villagrande y otra en el Lleras. Mi mamá dijo: “Vamos a comer a ´Il Porno´”.
Ese fue mi mejor regalo de grado.