miércoles, 28 de marzo de 2007

EL DÍA DE MI GRADO



No recuerdo con claridad si era lunes, martes, miércoles, jueves, viernes o sábado, lo que sí estoy seguro es que no era un domingo, el grado de la universidad.

Desde que era peque, siempre le he huido a los eventos familiares muy largos y a las celebraciones. Creo que todos estos agasajos deberían ser cortos, evitando el jaraneo a más no poder.

Yo nunca fui el mejor estudiante del colegio y por eso me gradué por ventanilla, una experiencia tan aburridora como el colegio mismo.

La ceremonia fue una completa farsa. Una improvisación absoluta que pretendía tener el carácter de seriedad obligada cuando, un par de meses atrás, nos habían dicho, a los siete u ocho compañeros que nos graduamos de esta forma, que no podíamos estar en la ceremonia oficial con el resto de los alumnos de once. Cómo querían las “serias” “directivas” del “colegio” que nos sintiéramos cómodos cuando, en la puerta de entrada a la capilla donde se realizaba la ceremonia, alguien, no recuerdo quién, partía en suficientes pedazos una torta negra y abría dos cajas de vino, de esas que toman los quinciañeros los viernes en las noches, en la misma mesa en la que se veían empacados los “regalos de grado” (unos libros de Og Mandino que creo nadie ha leído al día de hoy).

La ceremonia fue aburrida, solo me acuerdo de eso.

Mi rutina en esa época, enero de mil novecientos noventa y ocho, era la siguiente: en la mañana salía para el colegio a habilitar cálculo y química y en la tarde iba a clases en la universidad. Fue así por una semana.

A la siguiente semana iba al colegio en la mañana a reclamar el resultado de los exámenes de la habilitación y en la tarde iba a clases en la universidad. Fue así un día.

Luego, en esta misma semana en la que fui a reclamar los resultados del los exámenes de la habilitación, vino el día de dicha ceremonia en la que nos dieron, junto a un diploma, un pedazo de torta negra, un vaso de plástico lleno hasta la mitad de vino de caja y, como premio adicional, un libro de Og Mandino que no creo que alguien haya leído al día de hoy. Ese día no pude ir a clases en la universidad en la tarde porque la ceremonia se cruzaba con éstas.

Por la noche, con la pereza al máximo, juntada con la decepción de recibir el grado de esta forma, decidí evitar cualquier intento de agasajo que pretendieran realizar mis padres.

Fue ahí cuando dije que no quería recibir mi grado universitario de esta manera y que, cinco años después, cuando terminara la carrera, sí haría una fiesta bien chévere, empezando por la ceremonia en la universidad, con toga, birrete alquilados y esa cinta que le ponen a uno en el cuello para darle caché.

Me decidí entonces a ajuiciarme un poco, a no ser tan vago como lo fui en el colegio. Ya no quería habilitar más materias, ya no quería saber lo que era pasar de semestre o de año y ver que mis compañeros seguían de chorro mientras yo me quedaba atrás.

Me comprometí conmigo y cumplí. Cinco años después, en dos mil dos, terminé mi carrera y ya por fin podía aspirar a graduarme como siempre había querido. Solo me faltaba terminar la tesis, la cual, entre dimes y diretes, se embolató un par de años hasta ser canjeada sabiamente por una Diplomatura en Producción de Televisión y, ahora sí, podía graduarme, por fin, en dos mil cuatro.

Llegó el día de la graduación.

Luego de los ensayos, los preparativos y del alquiler del vestido (que aunque no se veía por estar tapado por la toga era obligatorio) estaba yo, junto a unos pocos compañeros de mi generación en una iglesia esperando a que fuera mencionado mi nombre para subir al estrado, dar unos cuantos apretones de manos y recibir, al fin, mi diploma de profesional.

La alegría no resultó ser tan grande. Pensé que iba a cambiar el mundo apenas tuviera en mis manos el dichoso diploma. Pensé que saldrían chispitas revoloteando en el aire, pero no. Así que las ganas de fiesta, jolgorio y jaraneo se disminuyeron muchísimo, decidí, así no mas, que no quería hacer ninguna parranda ni agasajo.

Por más que mis papás trataron de convencerme seguí firme en mi decisión, hasta que ellos, viéndose ya derrotados en su lucha por cambiar mi pensamiento, propusieron una comida familiar, solo los hermanos, mis padres, mi cuñado y yo. Me pareció una buena idea y accedí.

Llegó entonces el momento de decidir a dónde ir a comer y fue cuando mi mamá dijo que mi hermana alguna vez le había recomendado un restaurante donde vendían unas deliciosas pastas, que tenía varias sedes, una en San Lucas, otra en el centro comercial Villagrande y otra en el Lleras. Mi mamá dijo: “Vamos a comer a ´Il Porno´”.

Ese fue mi mejor regalo de grado.

jueves, 1 de marzo de 2007

Una historia para contarles




Hace poquito estaba comiendo en Marta Puntico de la ochenta, yo pedí un perro americano, que es más chévere que el tradicional por eso de la salchicha. Para pasarlo pedí una cocacola que me sirvieron antes y la cual fui bebiendo a tragos cortos mientras llegaban con la comida.
Aproveché también la demora para mirar la ochenta y cuando quise mirar aviones aterrizando me di cuenta que era casi imposible porque eran casi las diez de la noche, así que de nuevo seguí mirando la ochenta mientras bebía mi cocacola a tragos cortos y esperaba que trajeran mi perro americano, que es más chévere que el tradicional por eso de la salchicha.

Mientras esperaba se sentó en la mesa contigua un grupo de sujetos de baja calaña, pero alta camioneta, los cuales estaban acompañados por bellas féminas ataviadas para cualquier lugar, excepto para estar un viernes a eso de las diez de la noche en un lugar donde se vende comida rápida.

Acompañados de unos golpes en la mesa, uno de los sujetos de baja calaña y alta camioneta levantó su mano (adornada con una pulsera de plata un par de tallas más grande que su muñeca) y ordenó las viandas para su grupo de amigos. Acto seguido se dispusieron a entablar amena conversación.

Como el perro americano, que es más chévere que el tradicional por eso de la salchicha, estaba en proceso de preparación y la ochenta había perdido su gracia decidí escuchar algo de su conversación sin ánimo de interferir más allá de lo que mi papel de vecino de mesa permitía.

Cual bofetada de la vida dirigida hacia mis cachetes, los sujetos decidieron hablar, no como yo pensaba sobre carros y haciendas, sino sobre cine.

Apenado de mi posición ante el mundo, me encogí de hombros y, bastante incómodo por mi prejuicio ante la situación, atiné mi oído para escuchar los comentarios acerca del tema como si esto demostrara mi respeto y mi vergüenza por haberlos señalado unos minutos atrás.

Fue entonces cuando uno de ellos sacó esta perla: "A mi no me gustó El Efecto Mariposa. Qué pereza esa película!!!...eso van al final y después al principio y después otra vez al final y así siempre. Qué pereza!!!".

Entonces me comí mi perro americano, que es más chévere que el tradicional por eso de la salchicha, pagué la cuenta y me fui.

Huevo Matutino dosmiseis

Diego y sus confiancitas

Diego se tomó el atrevimiento y le agarró una pierna a la señorita. Yo estaba abrazando a Diego

Kamasutra

Nótese que sus teclas miran para lados diferentes

Fashion

Esta foto fue tomada a la entrada de Premios Hétores dosmilseis

Johana Uribe

Cuando fue a visitarnos a la emisora yo me coloqué nervioso

Está como chévere la ñiña

Ella es Johana Uribe. Si la quiere ver con menos ropa ingreses a www.soho.com.co, pero no se lo recomiendo

Mera cheveridad

Para los que me han gozado porque me gusta Silvia Corzo, ahí se las dejo para que vean. Ahora qué opinan?

¿QUE SI TENGO TELEVISIÓN?


Sí, tengo uno de 21 pulgadas lo más de chévere, pero no me sirve de mucho porque como me cambié de casa no he tenido plata para ponerle cable (es que vivir solo cuesta), y para colmo de males no he podido encontrar la antena de aire para al menos tener los canales nacionales.


Llevado por el desespero de ver una lluvia de hormiguitas cada vez que encendía la pantalla, recordé que de chiquito mi abuelita le encontraba cualquier tipo de uso a los ganchos de ropa metalizados (para colgar ropa, para abrir puertas, para entretenernos porque éramos muy pobres, para regañarnos porque éramos muy pobres, y hasta ahí me acuerdo porque después del golpe perdí el conocimiento y volví en sí después de un par de meses. Lo que sí sé es que ella aún no ha podido sobreponerse a aquel insuceso).


Pero bueno, como les iba diciendo, recordé todos los usos que ella le daba a ese tipo de ganchos y me dispuse a buscar uno, pero no lo encontré. Ahí sí me preocupé porque, cómo iba a hacer para ver televisión si no tenía cable ni tampoco antena de aire, ni mucho menos un simple gancho metálico para colgar ropa.

Cuando ya creía que había perdido todas las esperanzas, la vida me demostró que es sabia. Me encontré un pedazo de cable de antena por ahí y se lo introduje por la parte de atrás al televisor. Debo reconocer que no fue tarea fácil, luché mucho para darle vida a la caja mágica y al final logré que, por lo menos, unas figuras se vislumbraran en la pantalla en vez de esa pelea de hormiguitas.

El asunto, hasta el día de hoy, es así: Caracol entra ahí de medio visnei, ni muy bien ni muy mal. Al menos sí se puede ver algo.
El canal uno se ve bien, pero me toca subirle el volumen hasta 83 para entender algo, lo cual se vuelve un problema porque si se me olvida bajarlo, cuando me paso a Caracol las paredes tiemblan y casi siempre se me cae la porcelana que me regaló mi mamá y que está sobre el televisor.
Por el lado de Teleantioquia el asunto es el siguiente: yo sé que ahí están dando algo...¿qué?....ni idea.

Pero el verdadero reto es RCN. Con este canal me pasa algo absolutamente divertido. Alcanza a funcionar bien los primeros dos segundos y luego la señal se vuelve como si estuviera hospedado en una finca ubicada en un paraje solitario entre La Uribe y Zarzal, en el Valle del Cauca. Entonces, para poder ver bien un programa me toca estar haciendo un constante zapping entre cualquier canal y RCN para poder disfrutar, en tandas de a dos segundos, su programación.

Yo les prometo que apenas tenga dinero para poder ponerle cable les comentaré sobre este maravilloso suceso con el que he soñado varias noches.