
No recuerdo con claridad si era lunes, martes, miércoles, jueves, viernes o sábado, lo que sí estoy seguro es que no era un domingo, el grado de la universidad.
Desde que era peque, siempre le he huido a los eventos familiares muy largos y a las celebraciones. Creo que todos estos agasajos deberían ser cortos, evitando el jaraneo a más no poder.
Yo nunca fui el mejor estudiante del colegio y por eso me gradué por ventanilla, una experiencia tan aburridora como el colegio mismo.
La ceremonia fue una completa farsa. Una improvisación absoluta que pretendía tener el carácter de seriedad obligada cuando, un par de meses atrás, nos habían dicho, a los siete u ocho compañeros que nos graduamos de esta forma, que no podíamos estar en la ceremonia oficial con el resto de los alumnos de once. Cómo querían las “serias” “directivas” del “colegio” que nos sintiéramos cómodos cuando, en la puerta de entrada a la capilla donde se realizaba la ceremonia, alguien, no recuerdo quién, partía en suficientes pedazos una torta negra y abría dos cajas de vino, de esas que toman los quinciañeros los viernes en las noches, en la misma mesa en la que se veían empacados los “regalos de grado” (unos libros de Og Mandino que creo nadie ha leído al día de hoy).
La ceremonia fue aburrida, solo me acuerdo de eso.
Mi rutina en esa época, enero de mil novecientos noventa y ocho, era la siguiente: en la mañana salía para el colegio a habilitar cálculo y química y en la tarde iba a clases en la universidad. Fue así por una semana.
A la siguiente semana iba al colegio en la mañana a reclamar el resultado de los exámenes de la habilitación y en la tarde iba a clases en la universidad. Fue así un día.
Luego, en esta misma semana en la que fui a reclamar los resultados del los exámenes de la habilitación, vino el día de dicha ceremonia en la que nos dieron, junto a un diploma, un pedazo de torta negra, un vaso de plástico lleno hasta la mitad de vino de caja y, como premio adicional, un libro de Og Mandino que no creo que alguien haya leído al día de hoy. Ese día no pude ir a clases en la universidad en la tarde porque la ceremonia se cruzaba con éstas.
Por la noche, con la pereza al máximo, juntada con la decepción de recibir el grado de esta forma, decidí evitar cualquier intento de agasajo que pretendieran realizar mis padres.
Fue ahí cuando dije que no quería recibir mi grado universitario de esta manera y que, cinco años después, cuando terminara la carrera, sí haría una fiesta bien chévere, empezando por la ceremonia en la universidad, con toga, birrete alquilados y esa cinta que le ponen a uno en el cuello para darle caché.
Me decidí entonces a ajuiciarme un poco, a no ser tan vago como lo fui en el colegio. Ya no quería habilitar más materias, ya no quería saber lo que era pasar de semestre o de año y ver que mis compañeros seguían de chorro mientras yo me quedaba atrás.
Me comprometí conmigo y cumplí. Cinco años después, en dos mil dos, terminé mi carrera y ya por fin podía aspirar a graduarme como siempre había querido. Solo me faltaba terminar la tesis, la cual, entre dimes y diretes, se embolató un par de años hasta ser canjeada sabiamente por una Diplomatura en Producción de Televisión y, ahora sí, podía graduarme, por fin, en dos mil cuatro.
Llegó el día de la graduación.
Luego de los ensayos, los preparativos y del alquiler del vestido (que aunque no se veía por estar tapado por la toga era obligatorio) estaba yo, junto a unos pocos compañeros de mi generación en una iglesia esperando a que fuera mencionado mi nombre para subir al estrado, dar unos cuantos apretones de manos y recibir, al fin, mi diploma de profesional.
La alegría no resultó ser tan grande. Pensé que iba a cambiar el mundo apenas tuviera en mis manos el dichoso diploma. Pensé que saldrían chispitas revoloteando en el aire, pero no. Así que las ganas de fiesta, jolgorio y jaraneo se disminuyeron muchísimo, decidí, así no mas, que no quería hacer ninguna parranda ni agasajo.
Por más que mis papás trataron de convencerme seguí firme en mi decisión, hasta que ellos, viéndose ya derrotados en su lucha por cambiar mi pensamiento, propusieron una comida familiar, solo los hermanos, mis padres, mi cuñado y yo. Me pareció una buena idea y accedí.
Llegó entonces el momento de decidir a dónde ir a comer y fue cuando mi mamá dijo que mi hermana alguna vez le había recomendado un restaurante donde vendían unas deliciosas pastas, que tenía varias sedes, una en San Lucas, otra en el centro comercial Villagrande y otra en el Lleras. Mi mamá dijo: “Vamos a comer a ´Il Porno´”.
Ese fue mi mejor regalo de grado.







